Rosario Lo Solís, el Litueche de antes, sus mitos y leyendas
Por: Simón Aquiles Hernández Reyes
Rosario Lo Solís de antaño, era otro pueblo, tranquilo, sereno, amistoso y hasta diría bendecido por Dios, ya que la gente toda se conocía, y en las enormes casas con tejas, con grandes y hermosos corredores adornados con las más hermosas plantas, las anchas puertas siempre estaban abiertas y sin llave, los niños jugaban libremente en sus calles blancas y polvorientas, era como una gran familia, solo con desencuentros dominicales por el fútbol siempre marcado por los equipos O’Higgins y la Minera, pero nada serio.
Sin embargo, había cosas que eran secreto a voces y hoy no sé si era envidia o había algo de cierto en ello, pero el rumor corría y a la velocidad del viento, incluso se podía ver a comadres escoba en mano detener su afán diario para murmurar: “¿Te fijaste niña? Otra vez no aparecieron en Misa”. La otra, sabiendo a ciencia cierta de quién hablaba, le respondía: “Pero si nunca va, si eso de que tiene pacto debe ser cierto”.
Por su parte los hombres tenían otras razones para fijarse en estos dos influyentes hombres del pueblo que eran acusados de haber acudido a Don Satanás para hacer un pacto o vender el alma a cambio de riquezas materiales. Unos a otros se pasaban la información diciendo: hacen cada negocio y en todos les va muy bien, nunca pierden una chaucha, jamás se les mueren o enferman los animales, cada día les paren más las vacas y las ovejas si hasta tienen de a tres corderos, se fijaron en el trigo amarillito y le rindió más que a todos por acá y ni siquiera se preocupó de tirarle abono. Si amigos!!! Así es y lo peor…. han mirado sus ojos??, siempre esquivan la mirada como si nos quisieran esconder su secreto más preciado y cuando por alguna razón los muestran, “En lo profundo de su mirada se les ve una gran pena de muerte que parece que quisieran arrancar y de perderse para siempre de este mundo”.
Lo verdaderamente cierto en todo esto es que estos dos hombres de campo, muy habilidosos para los negocios, habían surgido de la nada. De un día para otro su economía y buena racha empezó a crecer como la espuma, ya no tenían necesidades económicas como el común de la gente, tenían varias propiedades en las cercanías y otras tantas lejos del pueblo. No tenían tiempo ni para sus familias, mucho menos para ir a misa.
Así que lo más raro fue cuando los vieron entrar juntitos y muy rápido a la iglesia del pueblo, según ellos para hacer una donación. Pero el joven monaguillo que no se le iba una, se percató de la visita de estos dos personajes misteriosos del pueblo y se escondió detrás del confesionario sin emitir el más mínimo ruido y aguantando hasta la respiración para escuchar lo que conversaban con el Cura. En resumen, uno de ellos contrató al Cura para que lo velara en vida. ¿Qué será eso?… el monaguillo no lo sabía, pero a medida que fue pregonando la noticia en el pueblo se fue enterando de qué se trataba.
Dicen que hubo acuerdo con uno de ellos, el otro encontró muy caro el servicio y se fue sin decir ni gracias. Ahora solo quedaba finiquitar el velatorio, el cual se realizó de urgencia ya que faltaba muy poco para el plazo fatal, este acto fue concretado en el interior de la Iglesia del pueblo, a luz apagada, solo con cuatro velas blancas una en cada esquina del ataúd dentro del cual se encontraba el hombre vestido todo de blanco y recién bañado en agua bendita y con un Rosario en la mano rogando por su vida y de pié junto al cajón y muy nervioso y hasta impaciente se encontraba el anciano sacerdote, vestido con una túnica totalmente blanca, en su cuello colgaba un gran crucifijo de madera y mucha agua bendita más la Santa Biblia en mano, realizando el trabajo tratado que consistía en rezar durante toda la noche hasta que cantara el gallo y así evitar que Belcebú se llevara al socio, este acto se logró con éxito, aun cuando el diablo luchó por el alma de su deudor el cura logro ahuyentarlo para siempre de su vida.
Pero el otro… el otro no tuvo la misma suerte.
Días después falleció el que no contrató el servicio del cura y cuando le llegó su hora, lo amortajaron y lo pusieron en el cajón. El pueblo entero lo acompañó a la Iglesia, con muchos canticos religiosos, rezos y rosarios, algunas mujeres se miraban e incluso acusaban miedo en sus miradas. Después de la Santa Misa en honor a este hombre, salieron rumbo al cementerio, el corteo fúnebre se abalanzó por el largo camino que aparentaba ser un manto blanco por el caolín y que lleva directamente al cementerio del poblado.
Y ahí fue que pasó lo inesperado por todos, cuando ya casi no había temor, cuando muchos se culpaban de haber sido mal pensados con el cristiano que iban a sepultar, incluso en sus ojos ya veía el arrepentimiento. De pronto los cuatro hombres que cargaban el ataúd se miraron extrañados. Y uno de ellos casi conteniendo la respiración gritó a todo pulmón “Comadre, este cajón va muy liviano”. Poniendo el cajón en el suelo el más astuto y valiente de todos, don Checho, el más viejo de todos y el sepulturero del cementerio por años, no aguantó la duda. Paró el cortejo justo en la puerta del camposanto, y delante de todo el pueblo, levantó la tapa del cajón.
Adentro no había nada ni nadie. Solo el fuerte olor a azufre que se levantó con el viento reinante y le heló la sangre a los presentes.
Un grito de vieja cortó el silencio y después todo el pueblo se persignó al mismo tiempo. “¡El Mandinga, su amo, señor y dueño, se lo llevó en cuerpo y alma!”, gritó una comadre.
Desde ese día, en Rosario Lo Solís, cuando alguien muere con mucha plata y poca misa, los sepultureros le pegan su remecida al cajón antes de cerrarlo. Por si acaso.
Y dicen que, en las noches sin luna, si uno pasa por el cementerio, se siente el olor a azufre y se escucha un lamento que viene de abajo de la tierra… o de más abajo todavía.

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