La Sombra del Dragón Negro es otra historia que nos sumerge en las raíces de Rosario Lo Solís y Topocalma, un lugar lleno de misterios y leyendas que te invitamos a descubrir
Por: Simón Aquiles Hernández Reyes
Para nadie que haya nacido y crecido bajo el susurro abrazador y salado de Topocalma es un misterio, ni para quienes han escuchado las viejas canciones y tonadas de campo en Rosario Lo Solís. La hermosa playa y la vegetación incomparable del fundo, en los tiempos en que el mar era más ancho y el cielo más profundo, fueron, se dice, el refugio perfecto para los barcos que no querían ser encontrados. Y entre ellos, los más temidos de todos eran los grandes galeones donde se desplazaban por el mundo los temibles “Piratas”.

Estos no eran simples lobos de mar; ni siquiera se les podía denominar pescadores. Eran la encarnación del mal, poseían una descontrolada furia y la cargaban con una desbordada codicia, no solo por el oro sino también por los alimentos y los animales.
La vieja y temible embarcación, conocida como el «Dragón Negro», se caracterizaba por su gran tamaño y forma, en ella no ondeaba una bandera cualquiera; no señor, era una bandera negra como la noche, con el símbolo de la piratería que se distinguía a lo lejos, si hasta las gaviotas le temían, se decía que su vela mayor estaba teñida con la sangre de sus víctimas, y que el mascarón de proa era una bestia horrible que habían capturado en lejanas e indómitas tierras, tenía ojos rojos que devoraba las almas de quienes osaban detenerse a mirarla.
Y así, bajo esa sombra amenazante, un día cualquiera, sin el más leve aviso, arribó esta tétrica embarcación a la caleta secreta de Topocalma. El terror se extendió como una plaga silenciosa por todo el caserío, hasta que la primera voz de alarma rompió la calma. Los gritos de desesperación de los campesinos resonaron en el aire, mezclándose con los ladridos asustados de los perros y el balido frenético y nervioso de las ovejas. Los hombres, con sus rostros curtidos por el sol y el miedo, intentaban reunir lo poco que podían, mientras sus mujeres, con los niños pequeños pegados a sus faldas, imploraban al cielo por misericordia.
No había tiempo para rezar menos para pensar. La única esperanza era el laberinto de la gran cueva que la costa de Topocalma ofrecía, huecos oscuros y húmedos que la naturaleza había tallado como refugio. Hacia ese indómito lugar corría la gente, empujándose, tropezando, con sus corazones latiéndoles en los oídos como tambores de guerra.
Los gritos del Capitán de la temida embarcación no se hicieron esperar, gritaba a todo pulmón y a los cuatro vientos “¡ Pirataaaas!!, gritaba como queriendo tapar los otros sonidos del lugar y ordenando a sus secuaces: «¡Traigan los animales! ¡El Trigo, el maíz! ¡Agua fresca!, ¡Roben!, ¡Maten! «, su voz ronca y gritos de ordenes resonaban con fuerza e ímpetu entre los roquerios, cerros y quebradas. Robaban, sí, todo lo que encontraban a su paso para reponer sus bodegas y seguir sus viajes infinitos y sin destino.
Cerca de allí y desde las profundidades de la roca, los niños sollozaban asustados, sus madres les tapaban la boca con manos temblorosas. Los hombres, agazapados en la oscuridad de la Cueva de Topocalma, escuchaban el retumbar de los pasos pesados sobre la arena, el estruendo de los objetos rotos y, lo más insoportable de todo, los gritos ahogados y desgarradores de las mujeres que no habían sido lo suficientemente rápidas, que habían sido alcanzadas antes de llegar a la seguridad de la piedra.
Sus súplicas se ahogaban entre el rugido de las olas y las órdenes brutales de los despiadados invasores.

Las hermosas mujeres de Rosario Lo Solís, hijas del viento y la tierra, eran su botín más preciado. Las viejas y las madres susurraban con miedo que no solo despojaban de bienes a los humildes; profanaban lo más sagrado. A las que destacaban por su belleza, no las dejaban en paz, las arrancaban de sus familias, de sus hogares, de la luz del sol, para convertirlas en «musas» forzadas en la oscura soledad de sus galeones.
Se decía que estas muchachas, una vez a bordo del «Dragón Negro», jamás volvían a tocar tierra. Sus voces se perdían en el bramido de las olas, sus risas se transformaban en llantos ahogados, y sus ojos, antes llenos de vida, reflejaban el vacío inmenso del océano. Eran fantasmas errantes, condenadas a una travesía eterna, sus espíritus anclados a la brutalidad de esos hombres sin patria ni alma.
Cuando el silencio finalmente cayó sobre la costa, un silencio denso y pesado, solo roto por el batir de las olas, era un silencio distinto al de antes. Era un silencio lleno de ausencias, de un horror que se había clavado en el alma de cada uno. Las mujeres que lograron esconderse emergían de la cueva, con los ojos arrasados por el llanto, buscando desesperadamente entre los que quedaban, el rostro de una hermana, de una hija, de una amiga que no estaba.
Y esa es la razón por la que, aún hoy, cuando la luna llena se asoma sobre las peñas de Topocalma, se dice que se escuchan lamentos en la orilla. No son el viento ni las gaviotas. Son los ecos de aquellas mujeres cautivas y los gritos desesperados de los campesinos, cuyo destino fue robado por la tripulación del «Dragón Negro», que aún buscan el camino de regreso a las costas de Rosario Lo Solís, a la tierra que los vio nacer y de la que fueron arrancados por la avaricia y la crueldad de los malvados piratas del temido Dragón Negro.

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Agradecemos la colaboración de Simón Hernández Reyes, quien nos entrega la fantasía y la historia del Litueche de antes